martes, 14 de diciembre de 2010

Saviolita


Nos dejó helados, Saviolita, una tarde en el campo. Qué le pasa a este gato. Saviolita se había quedado tirado. Nos acercamos. Qué pasa, Saviolita. Nada, nos decía, aunque se lo veía muy pálido. Levantate, Saviolita, le dijo el hermano. Era un partido chivo, cómo nos estábamos dando. Hacía mucho calor, además. El sol en las dos de la tarde, brillaba como un punto rojo. Un punto rojo que nos picaba, el aire no se movía, de la tierra se levantaba un vapor, y Saviolita que seguía tirado. Levantate, le dijo el hermano, no seas cagón. Levantate, puto, que vamos ganando. Pero el Saviolita no se levantaba. Medía metro y medio, pero cómo jugaba. Era el más chico, catorce años. Nuestro nueve, goleador veloz, fugaz como un pájaro. Dale, Saviolita, dale, le decíamos. Dale. Pero él ya se había desmayado al comienzo, cuando recién arrancaba el picado. Es el calor, había dicho, y le dimos agua, agua caliente del caño, y a los dos minutos estaba de nuevo jugando. Pasa que salió anoche, decía el hermano. Estaba amanecido, Saviolita, qué pibe, éste, siempre girando. Y cómo tomaba, Saviolita, enano maldito. Cómo tomaba, nomás para hacerse el chorro, para demostrar que no era gato. Y se quedó en la esquina hasta las diez. Y se fue a escuchar cumbia, y de ahí directo se vino para el campo. La frula te ayuda a correr, a correr, a correr; y Saviolita parecía un pájaro. Y no lo agarraba nadie, al enano maldito ése; siempre seguía de largo. Enano maldito, siempre macaneando en el barrio. Levantate, cagón, levantate, lo seguía apurando el hermano. Pero Saviolita no se levantaba. No se movía. No decía nada. Estaba ahí, tirado, y con los ojos cerrados. Lo levantamos de los hombros, entre dos, y el tipo seguía apagado. Espuma en la boca, saliva espumosa; colgantes los brazos. Nos acordamos de vos, enano maldito. Cómo olvidarse tu cara, tu fútbol, si eras un bardo. Te pusimos una virgen, a un costado de la cancha. Y de ahí, y para siempre, vos sos nuestro santo.